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Terra
La Coctelera

GEMELAS

Desde nuestra concepción, siempre se esperaron grandes cosas de nosotras.

Aún recuerdo lo radiante y espectacular que solía verme, nadie podía dejar de admirar mi porte y belleza.
Mi hermana era exactamente igual a mí, claro, nacimos gemelas, aunque ella invariablemente siempre estaba un paso detrás mío, ella era más introvertida, pero no por eso menos brillante de lo que yo era. Son hermosas decía el mundo entero.

Grandes logros se esperaban de nosotras, notoriedad, fiestas, trabajo, siempre rodeadas de gente muy influyente e importante. Creo que eso fue una de las causas principales de nuestra desgracia.

Si,… ambas sobresalíamos por sobre las demás, y estábamos siempre expuestas, pero nunca creímos que nos sumergiríamos en la peor de las tragedias, nosotras éramos el icono de lo que se puede lograr con amor propio y orgullo.

Mi hermana fue la primera en caer, yo grité pidiendo ayuda, pero era tarde.

Como con todas las tragedias de notoriedad, el mundo entero nos vio morir por televisión. Ahora todos los 11 de Septiembre nos rinden un homenaje.

El

Él, no me deja vivir. Soy la chica más hermosa del barrio, siempre lo fui. Mis amigas me lo dicen. Me lo dice todo el mundo. Puedo conquistar a todos los hombres que se me antoje. Porque soy bella, inteligente, culta, simpática, tengo sentido del humor, me gusta divertirme y pasarla bien.

Pero en lo que hace a un amor verdadero, a un romance intenso con un hombre al que ame, con quien pueda construir planes para el futuro, soy un fracaso. La mayoría de mis amigas lo han conseguido. Tienen sus novios o parejas estables con los que comparten sus anhelos, sus esperanzas, sus desazones, sus miedos y alegrías. Pero yo no paso de amoríos ocasionales que nunca prosperan en algo más estable.

Es cierto que en muchos casos soy yo la que no tiene interés en llevar muy lejos una relación. Pero en otros, que fueron muy importantes para mí, en los que estuve locamente enamorada de un hombre, nunca pudo ser.

Yo hubiera apostado mi vida a una relación para siempre. Pero no, Él sabe muchas cosas de mí y las utiliza. Se interpone, arruinándolo todo. - ¡Cómo lo odio! Inevitablemente aparece en el momento más inoportuno, para avergonzarme y ponerme en evidencia.

A veces me inspira un poco de compasión, porque pienso que en realidad me quiere. Lleva mi sangre, es mi hermano menor al que debo atender y cuidar. Pero no tiene derecho a celarme, a entrometerse constantemente en mi vida, cercenando mis mejores posibilidades de ser una mujer plena y feliz.

Al fin y al cabo ya tengo veintitrés años. Aun soy joven, pero la vida pasa rápido. No se trata de que esté pensando en casarme y tener una vida totalmente formal, ordenada. No, todavía soy joven para eso.
Todo lo que ansío es un novio, que se enamore de mí, a quien yo ame, y poder disfrutar de nuestro amor sin límite de tiempo. Que dure lo que dure, pero no un rato, como hasta ahora. Y que después venga otro y otro, y siempre igual.

La primera vez que me arruinó un romance, yo tenía doce años, Él era aun pequeño. Mi madre me había disfrazado de bailarina y yo me paseaba orgullosa de su mano por el corzo del boulevard Oroño. Un chico, de trece o catorce, disfrazado de cowboy, caminaba cerca de nosotros, de tanto en tanto me tiraba papel picado o me mojaba con espuma. Yo lo miraba y reía. En realidad ya estaba enamorada, porque era muy lindo y simpático.

Ya finalizando la fiesta, en un descuido de mi madre, nos encontramos debajo de un árbol. Estábamos los dos solos. Muy atrevido, me besó y comenzó a acariciarme. Justo en lo mejor, como si nos hubiera estado espiando, apareció Él. Siempre burlón e insolente. Diciendo aquí estoy yo, te vigilo, cuidado con lo que hacés.

El chico, molesto, se fue corriendo, nunca lo volví a ver. Desde ese día, supe que Él me perseguiría. Que no me dejaría vivir, que siempre estaría allí, atento y desconfiado para interponerse, ante cualquier intento mío por constituir una relación valedera.

Tiempo después, ya tenía dieciséis, concurría a la escuela municipal de danzas. Todos los días al salir de clase un muchacho lindísimo que atendía un puesto de flores en la esquina, me regalaba un clavel y me sonreía. No me decía nada porque era muy tímido. Yo tomaba la flor, aspiraba su aroma, y le agradecía también con una sonrisa. Un día, se animó y me habló. Me dijo que yo le gustaba mucho, que quería invitarme al cine el domingo por la tarde. Acepté. En casa mentí, dije que iba al cine pero con unas amigas.

Nos sentamos en una fila de muy atrás. La película era muy romántica y en el momento en que la pareja protagonista se besaba yo sentí que me tomaba la mano. Respondí apretando la suya, entonces acercó su cabeza y me besó. Todo marchaba sobre ruedas, cuando sorpresivamente... ¿quien apareció? Ni más ni menos, Él.

Me puse furiosa y lo insulté en voz alta, fue bochornoso. No quiero acordarme de los detalles, pero lo cierto es que mi bello florista desapareció para siempre de mis días, que se tornaron insoportablemente tristes y solitarios.

Esa vez no me callé. Lo busqué, con rabia, agarré al maldito por el cuello y lo zamarreé hasta que se puso violeta. Llorando de impotencia y amargura le dije de todo, lo maldije, hasta lo escupí. Pero Él, indiferente, no pareció inmutarse por mi justa indignación y dolor. Más bien creo que disfrutaba de su triunfo. De verme una vez más humillada y sumida en la desesperación.

La última fue hace poco. Exactamente el año pasado. Me arruinó la relación con Rodolfo. Era joven y hermoso, además un espiritualista. Un hombre de esos para quienes las cosas materiales quedan relegadas a un segundo término, porque en ellos prevalecen las creencias éticas, morales y religiosas.

Lo conocí a la salida de la iglesia. Había asistido a misa un domingo y compartimos el mismo banco. Al principio, no pareció percatarse de mi presencia, pero yo lo observé con disimulo todo el tiempo. Lo esperé en la vereda, cuando estuvo frente a mi simulé tropezar y caer. Todo un caballero, acudió en mi ayuda.

Una palabra trajo la otra, terminamos tomando un café. Le di mi teléfono, me llamó y comenzamos a salir. Me respetaba como jamás ningún hombre me había respetado y yo me enamoré como jamás me había enamorado. Hubiera dado la vida por Rodolfo. Pero no era feliz, sabía que tarde o temprano aparecería Él, para crearme problemas. Aunque ésta vez confiaba en el amor. En que serían más fuertes los sentimientos que nos unían, que la desvergüenza, la insolencia y el desparpajo del entrometido.

Pero no fue así. Él, venció nuevamente. Yo quise hablar, explicarle a Rodolfo. Supliqué, lloré y me arrastré. Pero Él, había sido como siempre, cruel, eficiente y definitorio.

Ahora si, voy a cortar de raíz, todo lo que me une a Él, he decidido terminar de una vez por todas con Él.
El cirujano plástico me ha asegurado que después de la operación no quedarán ni rastros de Él, maldito entrometido. Que en su lugar tendré lo que siempre soñé.

Auténticamente femenina, suave, cálida, y agradable al tacto….

OTRA HISTORIA DE AMOR Y LOCURA

Otra historia de amor… Una como tantas… Diferente?…no lo sé… las historias de amor no se comparan, tampoco se piensan o se diagraman, simplemente suceden.
Lo distinto en esta, quizás, con las más convencionales, es el lugar donde se desarrolló. O la particularidad de los integrantes de la pareja. Y para conocer el origen de esta historia, debemos trasladarnos al sur, a la Patagonia…

En un apartado rincón de la provincia de Santa Cruz, de muy difícil acceso, sobre la precordillera, se encuentra un instituto experimental para la salud mental.
Este instituto nació como una cárcel de altísima seguridad, allá por la década del ´40, pero por los raros laberintos de la política, nunca nadie que haya sido condenado por crímenes horrendos, fue a parar allí. El lugar quedó entonces abandonado hasta la década de los ´90, cuando fue comprado por un excéntrico científico europeo, que quería usarlo como laboratorio gigante para sus rarísimas experiencias con animales. Los lugareños encontraron a este hombre, en uno de los sótanos, devorado por las ratas, luego de varias semanas de no ver ningún tipo de movimiento. Después de algunos años de abandono, la provincia se hizo cargo del edificio, transformándolo en un sanatorio mental experimental, donde se somete a los internos a la terapia ocupacional y a las charlas en grupo. Nada extraño, si no fuera, porque los internos, están allí de por vida debido a los insólitos crímenes que han cometido.
En una de estas charlas, coordinadas por un psiquiatra, por supuesto, es donde se conocieron Emma y Marcos, los personajes de esta historia.
Ambos tuvieron una niñez muy desgraciada y solitaria, aferrados a todo lo que se aleje del ser humano, que tan mal trato les había dado.

Emma era una joven extremadamente delgada, tenía una importante miopía, lo que la obligaba a llevar unas antiestéticas gafas todo el tiempo. Había nacido en un pequeño rancho de ladrillos y techo de paja, dentro de una de las estancias mas grandes del sur, y desde pequeña le habían dado la tarea de cuidar las ovejas. Hasta el día en que su padre las abandonó a ella y a su madre, tuvo que soportar las vejaciones a las que éste la sometía en la soledad del cañadón.
Su madre, entonces le regaló una muñeca, para que fuera su única amiga, con la condición de nunca la sacara de la caja donde estaba.
De todos modos, un día Emma la sacó de la caja y la descuartizó con una piedra filosa.
Luego se dirigió a su casa y cuando llegó, encontró a su madre descuartizada con una piedra. Mientras la policía la llevaba, y hasta el día de hoy jura y perjura que cuando llegó, vio por la ventana, como una muñeca igual a la que ella tenía, pero del tamaño de un humano huía por el medio del campo.
Ahora, cada vez que sueña, en su habitación del instituto, la muñeca se presenta y se acerca con una piedra en la mano derecha, y ella se despierta sobresaltada y transpirando.

Marcos era un muchacho demasiado introvertido y con un carácter muy débil. Había nacido en un hogar rico, pero su padre con el afán de que fortaleciera el carácter lo había mandado a estudiar a un internado militar.
Cuando ingresó en ese instituto, le dieron a su custodia un cachorrito de ovejero alemán, éste animal fue su único amigo en los seis años que pasó en la institución. Fueron años de interminables castigos físicos y psicológicos de degradaciones y vejaciones y el cariño que su perro le daba era lo único que lo mantenía cuerdo.
Cuando terminó su ciclo en el internado, tuvo que pasar la prueba final, fue atado de pies y manos a un árbol mientras le obligaban a ver como mataban a su mascota, arrancándole el corazón del pecho con un cuchillo de montaña y le obligaron a beber su sangre, de esta forma demostraría, que ya era poseedor de un carácter fuerte.

Cuando la policía, alertada por los vecinos que escucharon gritos desgarradores, ingresó por la fuerza a su casa se encontró con un cuadro dantesco. Marcos había matado a su padre a dentelladas, le había arrancado el corazón, utilizando solamente las manos, y se estaba bebiendo su sangre.

Aquella mañana Emma no había bajado a desayunar, las enfermeras trataron de convencerla, pero ella adujo sentirse mal y le habían llevado el desayuno a su habitación. Al principio pensó en no tocarlo, pero el apetito y el olor al mate cocido con leche caliente la habían echo cambiar de opinión. Se sentó en la cama y apoyó la bandeja sobre sus piernas. Cuando se disponía a morder la primera tostada, golpearon a su puerta.
- Quien es? – preguntó enojada – pensando que las enfermeras volvían para molestarla.
- Yo, Marcos – dijo una voz entrecortada – Puedo pasar? – balbuceo.
Ella se quedó como petrificada. La tostada en la boca y la mirada perdida hacia el vacío de la habitación sin saber que contestar.
Desde que lo había visto por primera vez, había sentido una atracción especial hacia ese muchacho desgarbado y silencioso. Un sentimiento extraño, que nunca había experimentado, lo deseaba, deseaba sentir su piel, deseaba que sus temblorosas manos la acariciaran, deseaba con urgencia sentir su boca…
- Bueno, vuelvo en otro momento –dijo él
- No, pasa por favor – dijo ella con el cuerpo tembloroso y en llamas.
El abrió la puerta muy despacio y asomó su cabeza con timidez.
- Me dijeron que estabas enferma – dijo ya mas tranquilo – y quería venir a verte.
En realidad el quería estar con ella desde el primer día que la vio. No sabía muy bien que es lo que le pasaba, pero por las noches soñaba con ella, y se despertaba transpirado y erecto y a decir por las grandes manchas en las sábanas, ella le provocaba algún tipo de reacción que nunca en su vida había sentido.

El se sentó en el borde de la cama con las manos entre las piernas y la cabeza gacha. No se atrevía a mirarla.
Ella se había levantado y muy lentamente se había quitado el camisón quedando completamente desnuda.
El se quitó la remera, el pantalón y los calzoncillos sin levantarse de la cama ni levantar la mirada. Y quedó desnudo con las medias puestas, la cabeza gacha y una enorme erección.
Ella le tomó el mentón y lo obligo a levantar la cabeza.
Cuando sus miradas se cruzaron, el amor en su estado mas puro, se hizo presente en aquella habitación, que solo sabía de sufrimientos y desgracias.
El aire se hizo dulce, amable, un halo de paz bajó desde el cielo y los sonidos que llegaban desde el patio, se transformaron en música sublime para el alma.

Se hicieron el amor de la forma más dulce y tierna jamás vista y solamente guiados por el instinto, con la ternura más memorable que dos seres humanos hayan experimentado en este mundo.
Perdieron la noción de tiempo y espacio y sus sentidos se centraron y multiplicaron en sus cuerpos, sus besos, sus caricias….

Los encontraron al día siguiente, yacían en la cama una al lado del otro, ella muerta a dentelladas y con el corazón arrancado de su pecho, él mutilado con un piedra filosa…pero nunca pudieron entender porque ambos sonreían.

EL OTRO FINAL

1944. Berlín. Alemania.
Las tropas aliadas avanzaban sobre terreno Nazi. Uno tras otro caían los bastiones alemanes y la situación de los líderes del ejército comenzaba a ser desesperante.
Hitler y su estado mayor, refugiados en un bunker, dependían solo de un milagro, sin saber que este, estaba a punto de ocurrir.

Al no existir la posibilidad de resistir por más tiempo, la discusión se basaba en dos puntos límites:
El suicidio o la huida.
En ese mismo instante, cuando el caos y la desesperación manejaban la situación, la sala enmudeció. Desde el rincón más oscuro de la habitación emergió una figura.
Vestía solamente una túnica blanca y sandalias, su cabello era largo, tenía barba y los ojos dulces. Ojos verdes y profundos, que se destacaban, en la piel aceitunada.
Avanzó a paso firme, pero con mucha paz, el mentón inclinado sobre el pecho, su larga cabellera reflejando la luz del único foco de la sala, su mirada transmitía la seguridad de un líder, de un salvador o de un loco.
- Quien sos? - preguntó Hitler, entre el caos de la situación.
- Soy todos y uno solo, respondió el extraño acrecentando aun más el misterio sobre su reciente aparición.
- Debés tener un nombre, que haces acá, quien te manda? – preguntó - subiendo el tono de voz
El extraño, se acerco a Hitler, posó una mano sobre su hombro derecho, mientras con la otra acariciaba su barba, al tiempo que se acerco a su oído y le dijo en voz baja:
- Mi nombre no te lo puedo dar, pero yo soy el que escribe tu destino y el de todos los mortales – dijo pausadamente - y vengo a ti para salvarte.
- Salvarme, pero como podrías lograr eso? – le gritó – estamos rodeados y perdidos!
- Solamente tienes que arrepentirte de todos tus pecados – le susurró el extraño – tienes que hacerlo sinceramente, tú y tus hombres, y serán salvados.
Hitler dudó un instante, miró fijamente el piso y le dijo: voy a consultarlo con mis generales, esperáme en esta sala. El extraño solamente asintió con su cabeza y se retiró a un rincón oscuro.

En una habitación contigua, la plana mayor del ejército nazi, rodeaba a su jefe y lo escuchaban atentamente. Hitler en el centro de la escena gesticulaba y hablaba de cosas que sus comandantes no entendían muy bien.
Les hablaba de verdadero arrepentimiento, de sumisión, de bondad, de amor de sacrificio y tolerancia.
Fue increíble ver como los más grandes líderes de la Alemania Nazi se disciplinaban nuevamente a un líder, que unos momentos antes consideraban un delirante.

Fuera del bunker, Berlín ardía bajo una lluvia de bombas, la situación era caótica, la derrota del Tercer Reich era inminente. Nadie hubiese imaginado en ese contexto, que el plan de salvación proyectado, ya había dado sus frutos. Hitler y su estado mayor de oficiales, sin saber muy bien como, ya estaban más allá de la frontera con Austria…

Otra historia de amor

El Corazón helado de Rosario

Para ser franco, tengo que empezar por reconocer que aquel Junio no me encontraba en mi mejor momento. En pos de la nada, caminaba por las calles de Rosario. Unos días, era la Avenida Pellegrini, con sus edificios en hilera, y otros, más clementes, por el Boulevard Oroño, allí podía sentarme bajo las flacas palmeras que habían plantado en reemplazo de las gordas y viejas que estuvieron desde siempre. Es la calle más linda de la ciudad. Me recuerdo parado en la acera, boquiabierto ante la suntuosidad de las viejas casonas y mansiones, preguntándome quienes eran los dueños de aquellas hermosas construcciones.
Fue aquel frío Junio, cuando empecé a mirar los anuncios clasificados, en su versión más rudimentaria del diario La Capital, o en la enormemente más versátil, y casi inmanejable, que se ofrecía en internet. En ningún momento llegué a considerar seriamente anunciarme, porque me desanimaba el trabajo de tener que imaginar un texto, que pudiera llamar la atención de alguien, en la espesura de tentaciones más o menos ingeniosas que atestaban las páginas impresas o el éter electrónico. Pero sí, recorrí los señuelos que habían puesto otros. Casi todos eran rutinarios: «Abogada, morocha, atractiva, amante del espacio abierto, busca profesional, no fumador; soy tímida al principio, pero esperá a que se rompa el hielo.» Los hábitos respecto del tabaco eran motivo recurrente, en una ciudad, donde se ve a la gente fumando y muerta de frío, en la puerta de los bares y restaurantes. Posiblemente no hubiera probado nunca, de no ser porque, una noche, mientras navegaba por ese océano sin agua que es internet, leí algo que no era, para variar, escandaloso o insípido: «Bonita, genéticamente miserable, 26, muy femenina, disfruto con una charla inteligente y también con un rato divertido; me gusta la poesía y los cafés.»
Por supuesto, al pie del anuncio venía la dirección del correo electrónico donde se podía entrar en contacto con ella, y en la que exigía, en caso de hacerlo, que se remitiese una fotografía reciente. Tomé nota de su mail y estuve durante algún tiempo pensando sobre qué podía enviarle junto a mi fotografía, si es que cabía enviar algo que compensase eso. Al final decidí redactar un breve mensaje. Como identificación poética, lo cerré con un par de versos del Grito hacia Roma de Federico García Lorca:
...hasta que las ciudades tiemblen como niñas,
y rompan las prisiones del aceite y de la música.
Al día siguiente, al encender mi computadora, encontré un mensaje:
“Niña temblorosa dispuesta a romper las prisiones del aceite y de la música, sean las que sean. Buscáme en un rincón de esta ciudad: la plaza San Martín, este viernes a las seis. Voy a llevar una bufanda roja (si no puedo comprarla, voy a tener que tejerla) Mi nombre es Adriana.”
Conseguí el asesoramiento de mi amigo Raúl, para reservar un sitio donde cenar y otro para tomar café más tarde, aunque la cita no abarcaba explícitamente esos dos puntos. Raúl era un experto acreditado en la elección de este tipo de lugares, y forzado a sacar de la galera algo que estuviera a la altura de la ocasión y que no desmereciera de su bien ganado prestigio, propuso cautelosamente:
- Para cenar podría ser Alma, muy buena comida y luz escasa. Lo malo es que tenés una posibilidad entre ocho de que te dejen entrar, aunque reserves. Para el café, te diría que el Limbo sería perfecto, es de trampa, supongo que es el apropiado.
Acepté el riesgo e hice la reserva.
El viernes, veinte minutos antes de la hora indicada, estaba parado, frente a la plaza con la conveniente clandestinidad. Ella llegó menos diez. Era una chica muy bien formada, de cabello rojizo y andar felino. Está muy buena – pensé – es demasiado para mí. Se apoyó en un semáforo y se quedó casi inmóvil los diez minutos, mirando al frente. No había nada que me disuadiera de seguir adelante, así que a las seis en punto crucé y me acerqué hasta ella:
-¿Adriana? - pregunté, porque por algo había que empezar.
-¿Vos qué dirías? - contestó ella, sonriendo y mostrándome la bufanda. Sus ojos eran de color verde claro y sus pupilas los inundaron mientras yo escudriñaba su fondo.
-¿Tuviste que tejerla, al final?
-No. No hay casi nada que no pueda conseguirse en el Shopping del Siglo. Por cierto, tengo algo que comprar. ¿Te importa acompañarme, hasta ahí? Ella sabía que no podía importarme. Por el camino, me hizo la primera pregunta:
-¿Dónde vivís?
- Cerca del Parque Independencia
-¿Y vos? – le pregunté yo
- Cerca del río – me contestó, riéndose
- Claro, en la Florida - supuse
- Podría ser por el Saladillo, o eso no es cerca del río
- Claro, ¿tendría que haber sido más específico yo, no?
- No tiene importancia. ¿Y qué haces de tu vida?
- Nada, en realidad, no hago nada.
- Ah, eso está muy bien. Al fin uno que se dio cuenta - aprobó, risueña.
El centro estaba lleno de gente. Entramos al shopping. También había muchísima gente, casi todos adolescentes, Adriana se abrió paso con resolución hasta las escaleras mecánicas y subimos a la planta alta. Entramos en un negocio de lencería. Una vez allí, me señaló un sofá bastante cómodo. Se hizo con un ejemplar de la revista Cosmopolitan que alguien había dejado sobre el mostrador y poniéndomelo entre las manos, prometió:
- No vas a tener que leerla entera.
Estuve más de un cuarto de hora, durante el que no desperté la más mínima atención en ninguna de las empleadas, pese a lo extraña que pudiera resultar la presencia de un hombre leyendo, en medio de un bosque, repleto de corpiños y bombachas. Adriana, volvió con una bolsita. De su cara no se iba aquella especie de alegría apacible, con la que me enseñó su adquisición, un conjunto muy pequeño, blanco, de diseño impúdico, casi erótico.
- Cien pesos, y dura hasta que te cansás de usarlo - lo elogió. Mientras lo extendía no pude dejar de calcular el talle, comparando la prenda y su destino. Ella lo notó y lo guardó en seguida - bueno, esto no estaba en el programa. Vamos a tomar algo.
Dejé que ella escogiera el sitio y me llevó al bar del Plaza Real, en la calle Santa Fe. Cada mesa era distinta de las demás, aquellos detalles ponían de manifiesto que el decorador había sido caro. Lo único que quedaba libre, era una especie de mesa de juntas de negocio, al lado de la entrada. Aunque era desproporcionada para los dos, allí nos acomodamos. En seguida acudió una de las mozas. Todas eran sinuosas. Adriana pidió un cortado en jarra y cuando la moza se fue, me dijo:
- Fíjáte que ninguna lleva nada debajo de la blusa. Creo que las despiden si se lo ponen.
La observación era inocente, nada que pudiera creerse parte de la misma estrategia que la expedición a comprar ropa interior. Y también era certera, bajo los tejidos ligeros de las blusas se advertían, sin obstáculos las formas, a veces demasiado alborotadas, y en todo caso seleccionadas, con un evidente propósito. Adriana, retomó la conversación:
- ¿Y vos, por qué respondes a los anuncios? – pregunto curiosa.
- No respondo a los anuncios. Respondí al tuyo.
- No pretenderás que crea que es la primera vez.
- Bueno,…sí. Es la primera vez
- ¿Y por qué el mío?
- «Genéticamente miserable».
- Sí, eso choca, ¿verdad? Pero hace falta una predisposición, leas lo que leas. Si no, te reís y lo pasas de largo. Quiero saber por qué tenés esa predisposición.
Adriana era directa, tajante. Supuse que debía contestarle algo:
- No estoy en mi mejor momento, me echaron del trabajo, me siento algo solo, si no respondo ahora a un anuncio, no voy a responder nunca. Aunque también tengo que confesar que he leído muchos, sin que se me pasara por la cabeza la idea. ¿Y vos? ¿Por qué ponés anuncios?
- Ésa es una buena pregunta, pero la esperaba. Tengo una teoría - afirmó, con mucha solemnidad. - ¿Te interesa conocerla?
- Claro, desde luego.
-Mi teoría es que las mujeres tienen tres edades – dijo - Una hasta los quince, otra hasta los treinta y cinco y otra en adelante. Y para cada una de las tres edades hay un papel que representar. Hasta los quince hay que ser angelical. Desde los quince hasta los treinta y cinco hay que pasarla bien. Desde los treinta y cinco en adelante hay que ser quieta y maternal.
-¿Y eso por qué?
-Es muy simple. Probá en pensar en lo contrario. Pensá en las niñas que conociste en tu infancia. Pensá en las mojigatas que están en la segunda fase. Y, ah, horror, pensá en las cuarentonas que andan por ahí portándose como golfas, o en las sesentonas que ya no pueden hacer nada, aunque se empeñen. Linda forma de arruinarse la vida.
- A veces, la vida se arruina sola - dije.
- Típico razonamiento equivocado. La vida, se puede arreglar, y es necesario acomodarla. Cualquier cosa antes que dejar que se vuelva fea y lamentable. Tendrías que ver mis fotos cuando era chiquita. Era un ángel. Y cuando cumpla treinta y cinco me voy a casar y me voy a cansar de tener hijos, con un tipo que no se haga preguntas, para no estar siempre temiendo que pueda estorbar mis planes. Así que ahora, esta noche que tengo veintiséis, y estoy en la flor de mi arrebato, vengo acá, con vos.
Adriana estaba convencida de lo que decía, y tenía recursos, para convencer a su vez a cualquiera. Reclinada al otro lado de la mesa, mientras jugaba con el servilletero de cerámica, me miraba con malicia y a la vez tenía en el gesto una pureza inflexible. Sus cabellos se derramaban sobre su jersey rojo fuego y en sus mejillas muy blancas se marcaban continuamente dos rayitas que se abrían hacia los pómulos.
Aceptó ir a cenar al Alma.
En la puerta, después de examinarnos de arriba abajo cuatro o cinco veces, y resistirse durante un par de minutos, un encargado me autorizó a entrar sólo a mí, con la arriesgada misión de lograr que le confirmasen que habíamos hecho una reserva. Me atendió un hombre extraordinariamente grandote y distraído, que consiguió dar con mi nombre en un cuadernito y le hizo señal al portero de que dejase pasar a Adriana. Ella se burló:
-Parece que sos un habitué.
El ambiente era efectivamente cálido, y la comida, aunque tardaban siglos en cocinarla, exquisita. Por lo demás nos colocaron en la peor zona del local, un sitio de paso por el que iban y venían los jactanciosos personajes que se sentaban en la parte más selecta. Adriana miraba regocijada, con la punta de la lengua, asomada entre los dientes, a las mujeres, que al pasar dejaban caer sobre nosotros su desprecio. Todas llevaban maquillajes explosivos y una mueca de náusea en el semblante. Adriana apenas iba maquillada y su amabilidad era tenaz.
Nos atendió una moza muy joven, con aspecto de bailarina clásica. Como tal se movía y también llevaba moño. Sin embargo, ostentaba una torpeza manual extremada y una desmemoria notable, lo que la incapacitaba de forma casi definitiva para su oficio. Adriana, siempre atenta a las mujeres (no hizo ninguna apreciación sobre un hombre, en toda la noche), se permitió elucubrar:
- Qué le habrán pedido a esta chica que haga, para contratarla.
Durante la cena, al calor del vino, con el que me cuidé de mantener en todo momento llenas ambas copas, charlamos de todas esas banalidades que uno charla cuando se está conociendo a alguien, y no se tiene claro todavía, adonde va a terminar todo. Adriana quiso saber más:
- ¿Y cómo dirías que sos? – me preguntó de repente
-¿Qué versión querés que te cuente?
- No sé. Versión para las chicas sacadas de anuncios.
- Bueno, diría que soy algo anárquico y aparentemente irrazonable, pero manso y muy dulce en el fondo. Mis amigos, aseguran que antes no era así, siempre dicen que era un tipo extremadamente alegre y divertido.- ¿Y vos como te definirías?
-¿Yo? - se meneó en su asiento – soy una mujer en la segunda edad. Acaso no te diste cuenta de que solo quiero divertirme
- No se, la sensación es contradictoria, aunque me gustaría comprobarlo, y de ser verdad, bueno, me encantaría poder divertirte.
-¿Y qué estás esperando?
Me encogí de hombros.
-Ni idea. ¿Vos sabes qué esperar?
-Depende. Sí sé qué espero, cuando me cito con quienes responden a mi anuncio - dijo, y a continuación se mordió el labio inferior y alzó los ojos, como si hubiera cometido un desliz.
Después de la cena fuimos hasta el Limbo. Dejamos el auto bastante lejos del lugar y caminamos. Fue extraño caminar muy cerca de ella, en la gélida noche de Junio.
El Limbo era un local pequeño, decorado desigualmente, y donde servían un café más fuerte de lo común. Lo atendía un grupo de mozos desorganizados, aunque simpáticos. Entre la concurrencia había muchos con aspecto de estudiantes.
La música era celta y sonaba muy suave.
- Me mata esta música. ¿Y a vos? - preguntó Adriana.
- Esta música y algunas películas me hacen sentirme vivo.
- Cual película, por ejemplo.
- Sueños de libertad.
- No falla. A todos los hombres les gustan las películas de cárceles.
- A mí lo que me interesa, es la historia de amistad, entre Tim Robbins y Morgan Freeman, un blanco y un negro, en una cárcel norteamericana.
- Así que vas más allá, – sonrió con placer - Eso es bastante infrecuente.
Se quedó callada, estudiándome como si estuviera midiendo lo alto o lo hondo que podía ser lo que hubiera detrás de mi máscara.
-Ya estamos en un café - dije, para zafar - De acuerdo con tu plan ideal, nos falta la poesía. ¿Quién es tu poeta preferido?
-Baudelaire. Tan ingenuo, tan amoroso - y añadió, con un francés esmerado - :«Mais l’amour n’est qu’un matelas d’aiguilles, fait pour donner à boire a ces cruelles filles». También me enloquece García Lorca. Por eso salí con vos. - ¿Lo lees a menudo?
- No, para nada, apenas. Vos sabés que acá en Argentina, la poesía, no es para los hombres, es cosa de maricas. Eso pensaban de García Lorca, por ejemplo. El libro de donde saqué los versos lo escribió en Nueva York. Lo leí porque me interesaba saber que pensaba de ese lugar. Sabés, tengo el sueño de pasar alguna navidad en Nueva York. Aunque creo que es un sueño imposible
- ¿Eso es trágico?
- No trágico pero, bastante triste.
Creo que fue en ese momento, porque no se me ocurre que pudiera ser en otro, cuando Adriana terminó de tomar su decisión. Al menos, fue entonces cuando intentó, sin titubear, el primer contacto físico, pasando la yema de uno de sus dedos delgados y suaves por el arco de mis cejas.
La llevé hasta su casa de La Florida. Cuando llegamos no pude ocultar mi sobresalto. Era una casa muy grande, con un enorme jardín al frente, típico de la zona, lo que revelaba que Adriana era rica. Bajé con ella y en la puerta me dispuse a admitir que allí acababa todo. Hermosa y con plata. Ni soñar…
- Si querés, podemos vernos otro día - le dije, porque era obligado y también porque lo deseaba mucho, aunque no tuviera esperanza.
-¿No vas a entrar?
-¿La primera noche? - razoné, por prudencia.
Adriana, tiró su cabeza hacia atrás y rió.
- Puede que no haya otra noche. – me dijo sensualmente.
Entré con ella, y como obedeciendo un impulso, Adriana puso en marcha el reproductor de discos compactos. Mientras yo admiraba el living de su casa, unas diez veces mayor que el mío y súper decorado, en unos parlantes invisibles, sonaron unos aplausos y la voz de un hombre que decía: «Buenas noches a todos. Me gustaría saludar a mi madre.»
- Joaquín Sabina - me dijo - ¿te gusta?
- Si.
- Es un concierto que grabó el día de su cumpleaños. ¿No te parece adorable, acordarse de su madre? Casi todos olvidan que es una hazaña de la madre, lo que se conmemora con el cumpleaños.
La vista que había al otro lado de sus ventanas era de veras fabulosa. Al tiempo que la orquesta se desbandaba, desgarrando aquella melodía uniforme hasta llegar casi a la melancolía, Adriana comenzó a desvestirse, como debía de hacerlo - pensé - , para los otros hombres que respondían a su anuncio. La vi salir, blanca y engañosamente frágil, de debajo de su jersey rojo y de su falda oscura.
Quizás no tuve que hacerlo, pero cuando me invitó, me olvidé de todo, y traté de ser sólo, lo que ella esperaba de mí.
Llegado el amanecer, Adriana salió a despedirme. Abrazada a mí, pasando despacio la mano sobre mis cabellos, pronunció afectuosamente su advertencia:
- Si alguna vez, quiero volverte a ver, te voy a llamar yo. Si venís por acá sin que yo te haya llamado, no te voy a atender. Si te quedas en la puerta, te largo los perros. Si alguna vez me seguís, voy a pagarle a alguien para que te haga daño.
No había sido en toda la noche, tan dulce, como cuando dijo las dos últimas palabras, hurt you. Antes de que la puerta se cerrara y nos separe para siempre, me envió un beso soplando sobre la palma de su mano abierta. Durante muchos días después, pensé, que aquel leve beso soplado, era todo el embrujo de amor, que la ciudad de pobres corazones, iba a darme al menos una vez en la vida.
Así se fue, aquel invierno, en el corazón helado de Rosario.